Tejidos de reparación en un mundo roto
Una “grieta” es definida como una “hendidura alargada que se hace en la tierra o en cualquier cuerpo sólido.” Desde que comencé a observarlas, veo estas hendiduras por toda la ciudad: en las veredas, en las casas, en los muros, en la tierra, en la loza, e incluso en las personas.
Especialmente cuando estoy triste me consuela mirar las fisuras del cemento repartidas en la ciudad, caminar contemplando esa belleza de lo roto como un punto de asombro que rompe la inercia automática de la marcha, o, perderme en la anatomía de una grieta, casi siempre acompañada del musgo o una maleza.
De alguna forma me veo en ellas; pues también tengo grietas. Las busco, las fotografío, las colecciono, tengo una favorita en la vereda de al frente de mi casa, y en cada observación descubro que una grieta nunca está sola.
Como señala Rebeca Solnit en “Una guía sobre el arte de perderse” (2020), las ruinas urbanas son espacios donde la descomposición trae nueva vida: “...a las ruinas de la ciudad se les insufla muerte, pero una muerte generadora, como la del cadáver que sirve de alimento a las flores.”

Me alivia ver que no estoy rota yo sola, que todos lo estamos un poco, aunque se oculte en una impoluta fachada, en cualquier momento asomará la raíz de un árbol, la fuerza de gravedad, o el peso de la vida y se dejará ver, ese espacio roto del que nada se salva porque incluso para nacer rompemos una serie de tejidos maternos para llegar a la vida.
Antes, esos espacios me parecían lejanos y poco atractivos, pero cuando comencé a investigar sobre las “malezas urbanas” vi una epifanía en cada rotura de la calle.
Así como las grietas abren espacios, las malezas por su parte, también llamadas “flora espontánea”, “plantas vagabundas”, “plantas ruderales” o “buenezas”, encuentran en ellas su lugar. Asociadas al desacato, la invasión, la persistencia y la capacidad de vivir con pocos recursos, me invitaron a repensar no sólo las grietas de la calle, sino también las fracturas de los huesos, las roturas de corazón y las heridas, como espacios fértiles que se quiebran para crear algo nuevo.

El espacio del cemento se rompe en grietas del que emergen microuniversos.
Una comunidad de oxalis encuentra lugar en pleno paso peatonal quebrado por las raíces de un árbol, y como si se tratara de un parche curita, cubre toda la grieta con sus verdes hojas trifoliadas y una que otra flor amarilla que destella aún después de ser pisada por miles de pies que transitan día a día.
Musgos verdes colonizan el milimétrico espacio roto de una pared, haciéndola más suave, húmeda y vulnerable. Arañas encuentran hogar en las fracturas olvidadas de un callejón, tejiendo telarañas que transforman el espacio roto en refugio.
Desde esta perspectiva, "grieta", "herida" y "fractura" se vuelven sinónimos que comparten metafóricamente un espacio: la apertura. Aquella en donde se crea un espacio único que posibilita una nueva existencia. ¿Podría entonces tratarse de un espacio fértil?
Lo que Simone de Beauvoir muestra con precisión en La mujer rota (1968) es justamente el reverso de esta idea: mujeres enfrentadas a sus “momentos grieta” desde un lugar que no ofrece salida, atrapadas en ciclos de dependencia emocional, soledad y una sociedad que les exige ser de una manera determinada. La ruptura, en este contexto, no se experimenta como liberación ni como apertura hacia algo nuevo, sino como colapso y profundización del vacío.
Lo roto puede ser fértil, pero también devastador; puede ser apertura, pero bajo ciertas condiciones también cierre, sinceramente la vida misma.
Y aunque el subtítulo de este apartado ofrece una posibilidad esperanzadora de reparación, este breve ejemplo es necesario para el contrapunto y el reconocimiento de que la posibilidad o fertilidad inherente a una “grieta” no está determinada únicamente por lo personal, sino también por lo social y estructural. Las vivencias asociadas a estas fracturas están profundamente marcadas por factores como el género, la clase, la raza y el contexto, ya sea urbano o rural. Reconocer estas diferencias ayuda a evitar generalizaciones y a entender las grietas como espacios metafóricos que, aunque pueden abrirse a nuevas posibilidades, también exponen las múltiples capas de desigualdad e injusticia que las condicionan.
Dahlia de la Cerda, en su ensayo Feminismo sin cuarto propio (2015), ofrece un contrapunto crítico al ensayo de Virginia Woolf Una habitación propia (1929). Mientras Woolf plantea la necesidad de un espacio propio y autonomía económica como condiciones esenciales para que las mujeres puedan escribir, con su icónica frase “Para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y una habitación propia.” Dahlia señala que ese ideal no es alcanzable para muchas mujeres debido a las desigualdades. En contraposición introduce el concepto de “zulo”, definido como “agujeros, escondites o recintos clandestinos”. Desde ahí que escribe para las que “emergen de los zulos” en donde no sólo critica la visión privilegiada de Woolf desde la perspectiva de quienes no tienen acceso a una “habitación propia”, sino que transforma esa carencia en un acto de creación. Al escribir desde el “zulo”, ese espacio precario, clandestino y marginal, convierte lo que podría interpretarse como una grieta dolorosa en un lugar de resistencia, fertilidad, posición política y otra visión para el feminismo latinoamericano.
Más allá de ahondar en los ensayos de estas escritoras, ambas escriben desde una grieta que se transforma en una acto creativo capaz de inspirar a otras. Una desde el sentimiento de ahogo e infantilización femenina de aquella época, otra, desde la desigualdad social y desposesión.
Y yo, desde mi propia grieta, como narradora del universo de grietas que emergen con la necesidad de ser verbalizadas, y en consecuencia crean un espacio que nos conecta con otros humanos, con otras plantas, musgos, frustraciones, tristezas y/o arañas.
Sin embargo, ya sea fértil o infértil, la grieta nos plantea una pregunta fundamental: ¿es posible crear sin las roturas? ¿Puede emerger algo nuevo sin atravesar el quiebre?

Con María nos conocimos por internet, compartimos la obsesión por la botánica urbana, ella en Colombia con su proyecto gráfico “Grieta fértil”, yo en Chile con mi proyecto “Malezas Urbanas”. Miramos el suelo y las paredes con insistencia para seguir confirmando la belleza y el poder que emerge de esas plantas brujas que nacen en las grietas. A continuación la experiencia de María sobre este cruce.
Grieta fértil
María espíndola
Hace unos años buscaba una temática para mi trabajo de grado en artes visuales, durante ese periodo mi cuerpo trataba de hablarme por medio de la enfermedad, una gastroenteritis por intoxicación etílica hizo transformar muchos hábitos. Después la aparición de forúnculos en distintas zonas de mi cuerpo y finalmente una pielonefritis que me mantuvo hospitalizada por más de un mes. Todos esos sucesos desembocaron entre las visitas al médico y también la aparición de las plantas medicinales en mi vida.
Soy una mujer urbana con raíces en el campo. Mis abuelas, Delfina y Ana Beiva, me conectaron con este conocimiento: ortiga para depurar la sangre y diente de león de acción diurética para apoyar la pielonefritis. A través de ellas, descubrí un mundo sutil, lleno de potencia medicinal que antes desconocía, aunque formaba parte de mis recuerdos de infancia.
Luego empecé a darme cuenta en mis recorridos diarios para ir a la universidad cómo estas plantas estaban muy presentes en el andar. Ellas ya me habían observado, silenciosas, pasando inadvertidas. Empecé a darme cuenta que estas hierbas son muy abundantes y comunes de ver en entornos urbanos como Bogotá, la ciudad donde crecí y donde nació mi inquietud por el mundo oculto de las plantas urbanas.
Entre mis caminatas, recorridos en bici y derivas de cada día, me clave a registrar y mapear las especies que iba observando. Muchas en separadores, andenes, muros, esquinas, postes, antejardines, parques urbanos y por supuesto entre las grietas.
En este acercamiento nace el interés por la grieta callejera y una urgencia latente por compartir esos encuentros, de esta manera “Grieta Fértil” surge como una iniciativa gráfica que por medio de registros, y ediciones de distinto tipo evidencia la presencia de poderosas plantas que crecen en distintos espacios urbanos.
La grieta como escenario común y ordinario, como lugar simbólico, la grieta más allá de la grieta, como espacio vital. Resulta paradójico que empecé a fijarme detalladamente en esos intersticios urbanos, mientras mi cuerpo se agrietaba en medio de distintas dolencias físicas.
Momento Grieta
Hoy después de observar, recorrer, registrar plantas creciendo en lugares no convencionales y, después de pregonar sobre la potencia que tienen ciertas especies para crecer de maneras insospechadas, siento que nuevas grietas se abren en mí. Los días que Javiera me contactó para colaborar en este artículo, me encontraba en proceso de separación con mi expareja, en pleno “momento grieta”. Por esos días de ruptura apareció una rotura que atravesó mi corazón. Un quiebre que me tomó fuera de base, como un impredecible movimiento tectónico que sacude y abre la tierra, nos abre internamente, nos abre nuevos caminos, nuevas grietas.

Las grietas en un edificio pueden ser molestas a la vista de una mirada ordenada y perfeccionista, pues la grieta es caos, quiebra estructuras, genera incomodidad. Las plantas denominadas malezas tienen un efecto similar, siendo indeseadas en la mayoría de jardínes, parques y cultivos, pues interrumpen un orden predeterminado. Sin embargo, cuando las malezas se encuentran con las grietas, se hacen trincheras. Esta simbiosis entre lo ordinario, fuera de la norma, nos enseña la capacidad que tiene la naturaleza para encontrar sus propias formas de crecer y adaptarse.
De esta manera la grieta se vuelve un refugio, cómo jardín, cómo terreno fértil, un microecosistema de posibilidades ante la adversidad de una estructura que se rompe. Me gusta pensar que caer en esa cavidad agrietada, precaria y hostil es una invitación para volver a habitarnos. Las relaciones son cíclicas, en una ruptura termina la relación con un otrx pero también surge una nueva relación con una misma.
Para que una semilla pueda germinar necesita sombra y humedad. Y, en el caso de las plantas que crecen en las calles, sus semillas primero necesitan caer en una grieta que las cobije.
La grieta es un lugar propicio para eclosionar. En la oscuridad de habitar una ruptura, las semillas germinan, nuestras raíces se expanden y nos anclan en una fortaleza que solo puede nutrirse en estas circunstancias, preparándonos para futuros quiebres y nuevas grietas, externas o propias, que aparecerán en cada ciclo de la vida.
Entonces, ¿qué seríamos sin los quiebres, fracturas y grietas que nos atraviesan?